Crónica: Rolçotada 2020, una convivencia lúdico-gastronómica

Aquello que contamos no es sino nuestra realidad. Los hechos son objetivos pero lo que vivimos es subjetivo; y esta crónica está llena precisamente de eso: sentimientos, experiencias y emociones vividas durante un fin de semana de un encuentro sorprendentemente familiar. Esta crónica es la realidad que vivió Luis a lo largo de tres días inolvidables.

Todo ocurrió durante el último fin de semana del mes de febrero del año 2020. El viernes madrugué con el objetivo de partir desde el Camp del Turia hacia la Cuenca del Barberá. El periplo sucedió sin incidencia alguna salvo por los diez últimos minutos de travesía que se alargaron prácticamente una hora.

Volviendo la vista atrás, el monasterio al margen de la carretera.

Ya muy cerca de llegar a la población de Guimerà me topo con unas ruinas muy cercanas a la carretera. Algo que parece ser un monasterio gótico. Queda un gran arco apuntado a los pies, y algunos restos de tracería en la cabecera. Experimento palpitaciones, vértigo... parece el síndrome de Stendhal. Tengo que parar el coche inmediatamente pero no veo dónde; el arcén es estrecho. Un poco más adelante, tal vez a unos 800 metros, veo un ensanchamiento. Aparco, cargo la mochila y voy a pie decidido al encuentro con el monumento. Es precioso y quiero acercarme más. Parece verse en el suelo una senda que desciende, marcada por la tierra compactada, desde la carretera. Bajo el talud y un par de bancales para llegar al nivel del templo. Es imponente. Hago un par de fotografías y me saben a poco. Con esto del móvil uno ya lleva una cámara a todos sitios y solo es darle a un botón; prefiero hacer algo más visceral: dibujar. Saco la libreta, el estuche las acuarelas... y manos a la obra. Esto me satisface mucho más.

Monasterio de Santa María de Vallsanta, Guimerà.

Pasando el rato esbozando el interior del templo.

Sin aplicar todavía el color recibo la misiva del compañero Mórdigan, que ya ha llegado al lugar donde nos alojaremos. Luis, corre, recógelo todo que te esperan, ya terminarás el boceto en otro momento. Una vez en el lugar, ya asentados Mórdigan y yo, hacemos lo propio de la avanzada e inspeccionamos estas nuevas tierras antes de la llegada del resto: probamos la comida, exploramos el lugar y hacemos tiempo echando una partida a las cartas (al Star Realms, concretamente). Durante el paseo divisamos una extraña colonia cerca del balneario. Las aguas parecen tener propiedades beneficiosas, aunque el ambiente, ya de por sí decadente del lugar, estaba potenciado por una misteriosa vivienda que posiblemente escondiera algún oscuro secreto en su sótano.


¿Acaso estará enterrado aquí el señor Corbitt?

Con la llegada de la noche, muchos más compañeros se unieron. El ocio empezó a florecer. Nos devanamos los sesos con unos gatos muy traviesos y aproveché el entretiempo antes de la cena para terminar lo que había empezado previo al medio día.

Los gatitos traviesos nos llevaban de craneo.

Dándole color a la cabecera.

El resultado final. Ni tan mal, ¿no?

Tras la cena siguió la tertulia. Los que para entonces éramos desconocidos comenzamos a encontrar afinidades y a entrelazar amistad y compañerismo.

A la mañana siguiente y tras un buen desayuno ya estábamos todos listos para atacar el roleo. El día comenzó con un Vuelta al hogar de corte fantástico y con ciertas reminiscencias a Cristal Oscuro. ¿Acaso la magia debe permanecer en su estado natural o es un recurso más del cual podemos aprovecharnos y potenciar con los ingenios fruto de las mentes más brillantes? Sea como fuere todo acabó en familia. Para unos cuantos jugadores, era el primer acercamiento que tenían a esto del "rol indie sin director de juego" y a mi parecer fue una experiencia grata y satisfactoria.

Momento de tensión entre los personajes tras el fracaso de la guerra.

Luego siguió la comida del sábado que da nombre a este encuentro: la calçotada. Kilos y kilos de calçots pasaron por la mesa antes de la vorágine de los postres (agotamos las existencias de crema catalana del local para todo el fin de semana, ahí es ná).
Todos con nuestros baberos que, aunque delicioso, el calçot es un plato peligroso. 
Om nom nom nom...

Tras esto, los más resistentes al sopor de la manduca y el alcohol nos dispusimos a jugar. Yo participé como la dicharachera arqueóloga castellana Juana Feijoo en una arriesgada aventura de 7º Mar que dirigió Mórdigan. Marcos trajo unos sombreros piratiles con los que nos adentramos en la aventura.

Ahí estamos, concentrados descifrando piratilmente nuestras fichas.
La intensidad y contundencia de la comida hicieron que la cena fuera algo más frugal. Se notaron bajas, pero la noche siguió su curso. Los que resistimos mantuvimos una pequeña tertulia. Yo tuve la oportunidad de ¿colaborar? en una partida de El año tranquilo. Fui la mano izquierda de Mórdigan, participando en contadas ocasiones debido a que mi interés, más que en la participación activa, se centró en ser espectador de lo que acontecía en el interior de un gran gusano mientras inmortalizaba el momento.

Los jugadores comenzando una primavera un tanto desconcertante.

Boceto del momento inicial, leyendo el reglamento.

Al día siguiente tocaba despedirse, no sin antes compartir una buena tertulia durante el desayuno y una partida de última hora. Y ahí estaba yo, aterrado por el hecho de dirigir por primera vez Coriolis, por tener que controlar el tiempo para terminar antes de la comida, por tener que dirigir ante un par de (hasta entonces) desconocidos de los cuales no sabe qué experiencia de juego buscan, por las interrupciones, por los espectadores... Pude estrenar las fichas que había modificado, así como el resumen de reglas que en breves aparecerá por el blog. Y la partida transcurrió sin ningún problema, terminamos justo a tiempo e incluso los dados nos regalaron un último momento de tensión y emoción (qué puñetero es a veces el sistema de juego que lleva Coriolis).

Los tripulantes de la Narzalus comentando el plan de acción.

Los jugadores, sufriendo las penurias del azar y rezando a los iconos para intentar remendarlo.
Y tras la comida del domingo nos acercamos al inevitable final. No me sentí triste porque vine conociendo a la gente de las redes, de las partidas por hangouts, de los grupos de telegram, del twitter, etc. y sé que seguiremos viéndonos desde la pantalla. Pero la pena se adueñó de mí cuando dijeron, los pocos que quedábamos, que nos hiciéramos una foto final de grupo. El momento quedó retratado, cada uno subió a su vehículo y uno tras otro dejamos el edificio que nos había contenido durante todas estas horas y momentos.

Último momento antes de la despedida definitiva. Somos todos los que estamos, pero no estamos todos los que somos.

Las tres horas y pico que duró el viaje de vuelta a la comarca del Alto Palancia no pude concentrarme. Me puse la radio de fondo, una partida de rol en Ivoox... pero mis oídos no estaban atentos a los estímulos sonoros. Durante todo el viaje lo único que pasaba por mi mente eran los momentos que había vivido las últimas horas, en la genial idea de Ramón de organizar una convivencia así, las nuevas amistades, las desvirtualizaciones, el ludismo, las comidas, las tertulias...

Pero lo más importante, sin duda, ha sido la oportunidad de conocer en persona a los compañeros de este viaje que llamamos Los pergaminos del fénix. Ahora sé que son reales, de carne y hueso. Lo sé porque lo primero que hice al ver a cada uno de ellos fue abrazarlos y confirmar, desde la calidez, su condición humana. Hemos compartido ideas, hemos creado material que nos gustaría jugar, hemos jugado y lo hemos compartido. Y creo que no podría estar más orgulloso de formar la piña que somos.

Aquí cada uno con su postalita del fénix. Provienen de París, fruto de las primeras ideas que empezamos a fraguar juntos incluso antes de la "fundación" de este blog. En ese momento casi se escapa alguna lagrimita pero no diré de quién por orgullo propio.

Comentarios

  1. Gracias por asistir Luís, fue un placer conocerte en persona y jugar a tu partida. El próximo año repetimos!

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    1. Igualmente, Ramón. Todavía sigo con esa sensación de haber estado en un lugar casi como de otro mundo. ¡El año que viene repito, sin duda alguna!

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